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Por: Arq. Gabriel Sánchez M

       Dir. Carrera Arquitectura ITESM León

 

Hace algunos meses platicábamos unos amigos y yo con Patxi Mangado, a propósito de una conferencia suya en nuestra universidad, de la dificultad actual para ser arquitecto.

 

Decía, con cierto enfado, que cada vez más los grandes corporativos, los grandes conglomerados, se hacen de los encargos más importantes y de gran escala de la arquitectura por todo el mundo. Eso, por un lado, pero por otro, también de los medianos y pequeños y hasta de los más cotidianos. Razón por la cual, en ambos casos, al tratarse de entes tan grandes, las decisiones y las responsabilidades de proyección y ejecución se diluyen. Las respuestas y soluciones se vuelven genéricas, muchas veces tomadas en función solamente de la factibilidad económica, la practicidad constructiva o de la mera función productiva de las cosas. Esto en el mejor de los casos, cuando no por especulaciones y decisiones únicamente políticas y de imagen.

La producción de la arquitectura de esta manera ha dado en términos generales dos productos “arquitectónicos” tremendamente artificiales, como los llamó Moneo ya hace algunos años. Por una parte, la construcción de vivienda, edificios y espacio público con una calidad constructiva muy por debajo de lo permitido y por supuesto aún más lejos de lo deseable. Con unas cualidades limitadísimas para afrontar y resolver los problemas, ya no venideros que es lo ideal, sino incapaz aún de entender y solucionar los presentes. Construcciones anodinas y terriblemente mal pensadas que demuestran cada vez que se les ve y se les vive, que no se han ganado el derecho a la existencia durante su planteamiento como proyecto.

 

Por otra parte, está la producción de una arquitectura artificial en el sentido más retiniano. La arquitectura de imágenes exageradas, de lo excitante, de la experiencia mercantilizada. Sobretodo las que en las últimas décadas se están desarrollando en países de Asia Central o de Extremo Oriente. Países a menudo opacos en sus modos de gobernar y producir riqueza y que de esta manera resultan muchas veces ser campo fértil para este tipo de arquitecturas, que suponen unos costes económicos, de recursos naturales y humanos altísimos.

Esta artificialidad ha hecho muchas veces en la actualidad que la arquitectura tome distancia de las necesidades más apremiantes por resolver. Sólo basta ver lo que la pandemia, en la que estamos inmersos, nos ha evidenciado acerca de las carencias de la arquitectura actual en nuestros edificios y ciudades. Nos ha hecho darnos cuenta de que es necesaria una arquitectura más cercana al hombre, menos artificial. La multiplicación de fenómenos climáticos extremos unidos a la situación de pandemia también han dejado al descubierto la incapacidad de los servicios de salud para dar respuesta a las necesidades actuales. Ha hecho cuestionarnos las convenciones con las que se diseñan los espacios para la salud y por qué se construyen de determinada manera.

 

Afortunadamente y casi como resistencia, existen arquitecturas que, desde sus distintos ámbitos, coinciden en su preocupación por entenderse como un servicio y ejercer como parte de las soluciones que necesita el mundo contemporáneo. Arquitecturas que no se entienden como objetos autónomos o autistas sino como parte fundacional del lugar, como sitio donde se va sedimentando en el tiempo la existencia humana, la de cada uno.

 

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